La Transformación Digital está para servir a las Personas

Tengo 59 años y provengo de un pueblito que tiene alrededor de 5,000 habitantes. Recuerdo que cuando era niño, sólo existía un lugar en el pueblo donde era posible hablar por teléfono con mis hermanos mayores que ya habían emigrado a la gran ciudad para estudiar el bachillerato (lo cual entonces no era posible allá).


A los pocos años, eran contadas las casas que tenían un teléfono al cual había que darle vueltas a una manivela para comunicarse con la operadora y decirle “al 12, por favor”, para que ella conectara con la casa que poseía el 12 como número telefónico.


Dados mis orígenes y la condición socioeconómica de mi familia, no podíamos contar con un teléfono en casa, pero yo veía esos aparatos en las casas de mis amigos, cuyas familias vivían más desahogadamente que la mía.


Calculando que yo tenía entonces nueve años, los cincuenta posteriores han traído un sinfín de cambios en mi vida: mis hermanos y hermanas crecieron, se casaron y yo abandoné mi pueblo para estudiar el bachillerato y la universidad lejos de ese pueblo dueño de mi infancia.


En el pueblo dejamos la casa en la que nacimos y nos fuimos a vivir a la casa que mi padre construyó en un terreno que mi abuelo le heredó. Cuando eso ocurrió, la casa en la que vivíamos estaba en la única calle pavimentada del barrio, situado a 3 km. del centro del pueblo. Teníamos luz eléctrica, agua, mucho sol, mucho aire . . . pero no había teléfono.


Y finalmente, después de múltiples idas y vueltas, y el triunfo de mi padre sobre los procesos burocráticos, logró que la compañía de teléfonos se interesara en tener 20 o 25 usuarios más y decidieron introducir el servicio en esa zona.


El teléfono se convirtió en un bien muy preciado, pues mis padres, ya convertidos en abuelos, tenían entonces la gran posibilidad de comunicarse con sus hijos y nietos y mantenerse al tanto de sus vidas.


Contar con una línea telefónica fue un hito importantísimo en su vida, pues debo mencionar que mis padres, nacidos en el primer tercio del siglo XX, provienen de familias de escasos recursos, donde el invento tecnológico más avanzado que tuvieron en su infancia fue la radio donde la familia escuchaba música e historias de acción o de misterio para entretenerse por las noches antes de ir a dormir.


Mis padres se alegraron cuando a sus nietos les fueron llegando oportunidades profesionales, pero no pudieron evitar la nostalgia obligada por tenerlos lejos. Sin embargo, poco a poco fueron descubriendo las bondades de contar con un teléfono móvil que si bien al principio rechazaban porque era “muy complicado de usar”, mis nonagenarios padres vieron la posibilidad de atender en cualquier momento y en cualquier lugar esas tan esperadas llamadas telefónicas. Este hecho les abrió los ojos acerca de las posibilidades que la tecnología les ofrecía.


Y entonces se convirtieron en usuarios de teléfonos móviles que les ayudaban a mantener el contacto con toda su familia.


Yo pude, en un momento dado, contarles cómo era Macchu Picchu cuando lo conocí en un viaje al Perú y describirles cómo era estar con un pie en el hemisferio norte y el otro pie en el hemisferio sur cuando fui al Ecuador. Y aún recuerdo la emoción que escuchaba en las preguntas que ellos me hacían acerca de lo que yo veía y les describía en la forma más detallada que podía. Esa sensación de convertirme en los ojos de ellos fue algo inolvidable. Recuerdo que les dije: “¡cómo me gustaría que ustedes vieran lo que yo veo . . .!”


El tiempo siguió avanzando, continuaron las bodas y los nacimientos. Los nietos crecieron y las oportunidades profesionales fueron cambiando, ajustándose a los tiempos e intereses de cada uno de ellos, surgiendo entonces uno de los grandes cambios en mi familia: convertirse en una diáspora que se diseminó por el mundo.

De los 7 hijos fruto de ese matrimonio, hay ahora 15 nietos (y 6 bisnietos, por cierto) y 6 de esos nietos y una de las hijas (mi hermana) son profesionales que viven en lugares tan diferentes en el mundo como Finlandia y Venezuela, Estados Unidos y Alemania o Japón y Canadá.


Y si bien la tecnología ya estaba disponible desde antes de que la pandemia de covid 19 se hiciera presente en 2020, la necesidad del confinamiento por el virus hizo que buscáramos y encontráramos soluciones en ella. “La invención es la madre de todas las necesidades”... (o algo así) reza una sabia frase popular.


Un fin de semana que fui a ver a mis papás, aprovechado que estaba cerca su aniversario de bodas número 69, tuve la idea de hacer una videollamada con mis hermanos y hermanas para saludar y felicitar a nuestros padres. Debo decir que fue gran sorpresa para mis padres el poder ver a sus hijos reunidos en una misma llamada y de manera instantánea a pesar de que vivimos en diferentes ciudades del país. Aunque ambos tienen curiosidad de saber cómo es posible hacer esto y he tratado de explicarles en términos llanos el funcionamiento de la tecnología para responder a esta curiosidad, tampoco quieren entrar en muchos detalles de un tema desconocido por ellos, pero que ahora ya les es familiar. Obviamente, no dejan de asombrarse con esto que es ya muy común para la gran mayoría de la gente. Por cierto, mi papá afirma que si bien no entiende de tecnología y todo le asombra mucho, lo que le es prácticamente imposible de creer es cómo funciona el fax. Respetando su asombro, yo no me he atrevido a decirle que esa es una tecnología que ya ni se usa.


Luego entonces, debido al éxito que tuvo entre mis padres esa videollamada colectiva, me apresuré a hacer lo necesario para darles otra sorpresa a la mañana siguiente. Comencé a ver husos horarios del mundo y lancé por WhatsApp la convocatoria para un horario adecuado para todos, pero sobre todo para mis padres, que eran los destinatarios de la sorpresa.


Al otro día me levanté temprano, les preparé el desayuno. Lo compartimos y me dio gusto escuchar la alegría con que se referían a la videollamada del día anterior.


Después de una sobremesa prolongada de manera deliberada por mí, les dije: “vengan a la sala, siéntense acá”.


Prendí mi computadora, la puse frente a ellos y prendí la cámara. Aparecieron ellos dos y mi madre dijo: “esos somos nosotros”.

“Sí, pero espera . . .”, respondí justo cuando mi sobrina Fernanda, diplomática que vive con su madre (mi hermana) y trabaja en Salt Lake City, solicitó incorporarse a la reunión de Zoom.


“¡Es Fernanda!”, exclamó mi papá. “¡Y allí también está Gloria!”, le dijo mi mamá.

“¡Qué gusto verlas! ¿Cómo están?” se atropellan ambos al preguntar.

Alguien más quiere incorporarse. Es Érik, mi sobrino, que trabaja como chef en un restaurante en Toronto. “¡Hola abues!”, saluda.

“¡Es Érik!”, grita mi madre con gran sonrisa en su rostro.


Y así van integrándose a la video reunión Kenia desde New Jersey (chef), Francisco (su hermano, Ing. en electrónica que vive en Munich), Palmira (diplomática con residencia en Helsinki) y al final, todo desvelado, Harim (chef y músico que vive en Osaka).


Aquella tertulia es inolvidable. Cada uno diciendo qué acostumbra desayunarse en ese sitio, todos presumiendo haber encontrado algún producto mexicano en su ciudad . . . Por turnos, comienzan a decir cuál es la hora local y a mostrar su casa (latinoamericanos, al fin y al cabo, mostrando “la casa de todos ustedes”). Claro, tuve que fungir como moderador porque todos querían hablar al mismo tiempo (“reunión familiar”, al fin y al cabo).


Mis padres no se si estaban más felices que asombrados. Les era imposible creer que pudieran estar reunidos en una pantalla con esos 7 miembros de la familia dispersos en el mundo, a los que podían escuchar y por sobre todo ver en su cotidianidad, tal cual estaban en ese momento (unos en pijama, por cierto), en lugares remotos, antes extraños y desconocidos (¡Helsinki, por Dios!) y ahora, poco a poco, tan familiares para todos nosotros y, claro, en cierta medida ya son depositarias de nuestro afecto por las implicaciones familiares que cada ciudad conlleva (por cierto, hubo un momento en que me sentí en “La casa de papel”).


Desde ese día, tanto mis sobrinos como mis padres me piden que haga videoreuniones, porque las hemos integrado a nuestra vida familiar.

Además, mi madre me recuerda cuando hay que pagar servicios porque siempre “quiere ver” cómo lo hago, ya sea en línea o a través de alguna app.


La Transformación Digital ya es parte de nuestra vida y sigue avanzando para ofrecernos nuevas posibilidades.


En ACDitra por supuesto que nos valemos de la tecnología para nuestras labores diarias en la organización: utilizamos diversas plataformas para reunirnos a distancia y tener sesiones de trabajo para mantenernos al tanto de nuestros avances. Analizamos datos y tendencias que presenta el avance de las tecnologías que tenemos a disposición de nuestros clientes e incluso compartimos noticias. El ambiente colaborativo está presente en estas reuniones y ya no hace necesario estar de forma física todos en un sitio específico. Nos adaptamos positivamente a la “nueva normalidad”.


Hay quien dice que estas nuevas formas de trabajo y comunicación a distancia son “menos humanas”. Mis oídos siguen deleitándose con las expresiones de alegría de mis familiares o de mis socios cuando nos reunimos a distancia y “nos sale lo humano” al saludarnos, al bromear, al hacer algún comentario o al compartir un recuerdo o una anécdota. Después de todo, la tecnología debiera estar al servicio de la humanidad, y convertir al mundo en un lugar mejor.


No olvidamos que las organizaciones están compuestas primordialmente de personas. Personas que buscan la forma de hacer la diferencia en sus labores; personas que innovan; personas que entienden que hay cosas que pueden resolverse cada vez de mejor manera. A ellos es a quienes nos dirigimos: planteando soluciones a sus necesidades tecnológicas para alcanzar sus metas y, porqué no, sus sueños.


Si ya tienes pensado comenzar la digitalización de tu empresa y no tienes claro donde empezar, podemos ayudarte con tu diagnóstico inicial. Ponte en contacto con nosotros para que agendemos una sesión en directo contigo

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